A mí nunca me han regalado flores. A parte de mi mami o familiares, a mi nunca un novio me ha regalado flores.
Como toda mujer, yo confieso que las flores son algo muy bonito. Es un detalle que habla por sí solo. Las palabras sobran cuando te regalan flores. La tarjeta sobra. Los chocolates opacan, las flores bastan.
La realidad es que cuando nos dan flores, el mundo se detiene y nosotras nos elevamos a un estado sideral donde todo es perfecto.
He estado en varias relaciones, algunas largas, otras cortas y otras pasajeras. Pero en los momentos originales, en la etapa inicial de conocimiento, siempre los hombres solían hacerme la misma pregunta: ¿Qué te gusta que te regalen?
Yo confieso que la pregunta me ponía nerviosa, ansiosa y me hacía sentir un poco desnuda. Si no decía que me gustaban las joyas o los perfumes caros, pasaba por rara. Si no decía que me gustaban los relojes y la ropa, quedaba de nuevo fuera del rango y del estereotipo que hay sobre los gustos de las mujeres. Así que no decía mucho, les contestaba que me gustaban las cosas sencillas y paradójicas de la vida.
Pero lo que realmente quería contestar; era que me gustaban las flores, las serenatas, las cartas escritas a mano, las galletas horneadas en casa, un CD con canciones, un abrazo, una caricia y un beso furtivo.
Sin embargo, el admitir esto, por lo que noté y escuché de mis amigas, era la forma más fácil de aburrir a un hombre.
Al final no era eso lo que me preocupaba, lo que me causaba angustia era confesarle mis anhelos a alguien que los olvidaría en cuestión de segundos. Así que optaba por la vía fácil, no decía nada y así no esperaba nada. Si el chico no sabía mis gustos, no había desilusión.
Pero como todo en la vida, la excepción a la regla apareció en mi vida. Empecé a salir con un joven una primavera fría del 2.007. En nuestra segunda cita me preguntó:
¿Nathy que hace que tu corazón lata más rápido de lo normal?
Y yo le contesté: “Que me regalen flores”.
El sonrió y no contestó nada. Me sentí tonta por unos instantes y luego me compuse. Una salida llevó a otra, y otra a un noviazgo. Entrada en la relación y ya con más confianza, el tema de las flores salió a relucir para un cumpleaños mío. Fuimos a cenar y cuando el postre llegó a la mesa, también hizo presencia una cajita dorada en la que se encontraban unos aretes de diamantes. No sé si fue mi expresión de decepción o el hecho que solo dije “gracias”, el caso es que él percibió que yo no quedé feliz.
Para cualquier otra mujer el regalo hubiera sido perfecto, para mí no. La verdad soy lo más descomplicada de este mundo. Yo le encuentro la gracia a las cosas sencillas de esta vida. A las cosas que nadie ve y que otros toman por hecho.
Cuando por fin este joven notó mi desilusión, me preguntó qué me gustaba que me regalaran. Ya había pasado por lo menos un año desde la última vez que me había hecho esa misma pregunta, así que con un toque de sarcasmo respondí:
“Flores, a mi me gusta que me regalen flores”.
Su cara de seriedad, seguida por su respuesta me dejaron pasmada por unos instantes.
“A mí me parece que las flores son una estupidez, son caras, no sirven para nada y al final se mueren. Yo no doy flores”.
Aunque el joven tenía puntos validos, al final era a mí a la que me gustaban las flores, a mí no a él. Era cuestión de que él dejara de lado razones y pusiera mis necesidades por encima de las él. Era cuestión de ceder un poco, porque eso es lo que se hace en una relación, se da un poco, se recibe un poco, se sacrifica un poco pero al final se es feliz.
Al final nunca me regaló flores y no niego que siempre las esperé en fechas importantes y significativas. Como era de esperar, siempre viví desilusionada y él siguió dándome regalos costosos, para él eso era lo que tenía valor, que tristeza que para mí no.
¿A dónde voy con esta historia? Ya verán.
El domingo pasó algo curioso, de modo muy casual y sin esperármelo alguien muy especial me regaló un ramo de Lirios naranja. Antes de darme las flores, este joven hizo que yo cerrara los ojos y me dijo que solo era un detalle pequeño que quería tener conmigo.
Admito que me puse nerviosa y no dije nada, solo me volteé y vi las flores mirándome fijamente. No supe que decir, de hecho no dije nada, solo se escuchó el sonido que el cuerpo hace cuando te falta la respiración. Pude haber sido más expresiva, pero estaba en un nivel de shock tan grande que entré en otra orbita. Fue muy bonito, lo debo admitir. Esperé mucho tiempo que algún hombre me regalara flores y nunca llegó. Por eso el domingo cuando llegó sin aviso y sin esperármelo, no supe que decir. Me dio miedo, ansiedad, nervios, alegría; sentí mil cosas una detrás de otra y todas muy bonitas.
Es bonito que le regalen flores a uno, pero es más lindo aún despertar ese tipo de detalles en alguien. Es increíble poder avivar el corazón de otro ser humano.
Al final del día lo importante no fueron las flores, si no lo que se logró despertar en mi por este hecho.
Gracias.